IDEARIO
Uno intenta que cualquier cosa que hace en la vida tenga pleno significado. Pero casi nunca es así. Cuando se repasa el pasado, lo único que encuentra es el vestigio de un error. La vida parece un cúmulo de errores, superpuestos unos a otros, circulando de generación en generación, parece ser la savia de nuestras generaciones, la argamasa que une nuestras vidas. Porque nuestras vidas son pedazos separados. Uno es ahora lo que es por una suma, también superpuesta, no correlativa. No se suma a lo largo de una cadena. Es una suma aleatoria de distintos factores, escogidos de forma azarosa. Por eso al mirar atrás y juzgar lo hecho, parece que no miráramos nuestra propia sombra esparcida por el mundo, pues no se parece a lo que nosotros recordamos haber sido.
Aprendemos por la vieja fórmula de ensayo-error, lo que garantiza al menos que tarde o temprano erramos sobre la persona más equivocada y acertamos con quien no hubiera importado fallar. Y esa es la mayor certeza que alguien nos puede dar. Todo lo demás son palabras, que tallan una realidad, que por más visible que sea no resulta tan real a quienes la sufren que las palabras que la dibujan. Entre ensayos y errores el diablo se va haciendo más viejo, y al final, por una acumulación de fracasos aprendemos que mientras menos impliquemos nuestras vidas en las de otros, más fácil es que no tengamos nada que ver con sus acometidas fallidas. Y si esto significa no haber disfrutado de sus éxitos no es un precio demasiado caro.
Año a año aprendemos a ser indiferentes.
Cuando somos niños creemos en la magia de la bondad, del esfuerzo, de que un milagro es posible. Pero poco a poco la vida nos va poniendo en nuestro sitio. El gran monstruo fagocitador de la indiferencia entra en nuestra vida como un bálsamo. La indiferencia en la vida humana es como la nada en el país de Fantasía, lo devora todo.
En un primer estadio solo usamos la indiferencia cuando un gran amor nos ha dado la espalda, cuando sufrimos una gran perdida, un gran dolor, y así olvidamos. Decimos – No importa, habrán otros amores – y poco a poco vamos dejándonos arrastrar por esa droga. La vamos utilizando cada vez con más asiduidad – Da igual el examen, el amigo perdido, el trabajo, da igual el carrito de la compra, da igual esa mancha de café en la mesa - . Al final la indiferencia lo domina todo, no nos importa nada, porque si nos importara comprobaríamos que nuestra vida está llena de hechos que no deseamos, que no controlamos, y que sin embargo ocurren. La indiferencia, como la nada en Fantasía, gana terreno, y un buen día la empatía se pierde, no importa hacer sufrir a los demás, lo importante es tu felicidad. Las personas que te encuentras en la calle, no son personas, son conos que superar, que esquivar. Y te entran ganas de apartarlas de tu camino. Coger un arma y disparar indiscriminadamente. Ellos no son más que una incoherencia más de este mundo. Y puede resolverse eliminándola.
Claro que estas determinaciones solo existen en tu mente. Eres incapaz de actuar. Actuar y no actuar al final se convierte en lo mismo. Esa es la mayor lección que la indiferencia te brinda.
Así que ha medida que envejecemos y no reconocemos nuestro pasado, y nos sentimos cada vez más abandonados a la indiferencia, adquirimos una gran frustración que se va convirtiendo en una bala que atraviesa nuestra cabeza de lado a lado. Eso se llama certeza.
Vamos viviendo sin más, como si fuera un extraño ritual de suicidio. La forma más dolorosa de morir dicen que es de un balazo en el estómago, pero se equivocan, es amando la vida que en el fondo deberías odiar.
Pero el odio es una mentira más. De hecho, la verdad no existe. La verdad es una colección de pequeñas mentiras unidas, que parecen aportar cierta verosimilitud si se mira desde lejos y no se observan sus imperfecciones subyacentes. Pero si se va más allá, todo cobra aire de insuficiencia. Todo lo que sabemos es una creencia, y eso nos perturba cuando lo averiguamos.
Los valores que hemos aprendido son un conjunto de controladores sociales dibujados para que no traspasemos nuestro limite humano y actuemos con nuestra parte animal. Porque hay seis milímetros o tres de espesor en el cerebro, no recuerdo, que nos separan del gorila. Y bajo ese pequeño velo de humanidad que protege nuestro cerebro, hay capas de animal latiendo. Un animal apresado por sabanas de seda olor sociedad, humanidad, hijos de Dios. Pero al fin y al cabo es solo una capa superpuesta.
No somos animales elegidos por Dios. Somos unos especializados en un estilo de vida, lo que se diga de más, es eso, palabras de más que no resuelven nada.
Y es que necesitamos una solución, una resolución. No hay nada peor que ser consciente que tu propia finitud, de tu imposibilidad de parar una condena de muerte, que pesa sobre ti cada vez que respiras, cada vez que comes, cada vez que creces. Necesitamos creer que todo esto no ocurre sin más, que hay algo más. Pero con el paso de los años ninguna respuesta resulta demasiado satisfactoria.
De nada sirven las religiones, ni las autorrealizaciones. ¿Cómo voy a ser quien quiero si no me reconozco en quien fui? ¿Cómo puedo saber realmente qué quiero si no sé quien soy?
Estamos solos. Muy solos. Encerramos a nuestra bestia bajo tejido de humanidad. Encerramos a nuestra mente en un cuerpo que envejece y muere. Encerramos nuestra vida en un proceso de autodestrucción. Estamos presos, muy presos.
Es gracioso cuando se habla de libertad. No somos libres. No nacemos cuando queremos, ni elegimos el mes, ni el día, ni los padres, ni la zona, ni la nación. Aprendemos una lengua que no elegimos y que para siempre condicionará nuestra forma de percibir el mundo. Nuestros padres tienen unas experiencias en las que nosotros no hemos participado, y a partir de lo que ellos han aprendido nos educan, pero nuestras circunstancias son tan diferentes, que pueden no valernos de nada. En la escuela hacemos los primeros amigos. Así que nuestra elección se basa entre las 30 personas que se nos presentan delante, no más. Y estas amistades nos enseñaran ciertas cosas que llevaremos para siempre. En clase el programa de estudios no lo habremos aprobado nosotros y se nos enseñará lo otros creen que debemos saber. Adquiriremos los valores y tradiciones de una cultura que tampoco hemos elegido.
Cuando ya tenemos la edad suficiente para hacer lo que queremos, para ir donde queramos, nos damos cuenta que todo este adoctrinamiento nos ha condicionado tanto que dejar de hacer las cosas que se suponen que debemos hacer, de la manera enseñada, nos hace incomunicarnos con nosotros mismos, seríamos extraños a nosotros mismos ¿Es posible? Sí. Si nos salimos de la regla enseñada, no sabemos actuar. Si dos más dos es cinco el mundo se acaba. La libertad no es posible. Preferimos estar encarcelados en las enseñanzas que tenemos para que todo lo que somos no se desmorone. Y al tener hijos no los liberamos. Solo podemos mostrarle la cara de la vida que nos ha sido enseñada por otros, y así hacemos con ellos. De esta forma la esclavitud se perpetua sin que ninguno de la cadena sepa porqué ni quiera hacerlo.
Somos esclavos de las circunstancias que nos rodean, y apenas podemos atisbar cambios de verdad. La única revolución habita en nuestro interior. Nuestra guerra es olvidar lo aprendido, es el olvido mismo.
Debemos admitir nuestra incoherencia, sufrir nuestras incapacidades, destejer el velo que nos separa de nuestra bestia interior.
Solo así lograremos darnos cuenta de que el Jeckill y el Hyde que llevamos dentro son piezas recosidas en el Franskestein que realmente somos. Somos la abominación del Dios que inventamos y al cual también hemos dado muerte. Somos monstruos. Pero el camino al genio y al monstruo es el mismo. Cada genio es un monstruo, y cada monstruo un genio. Seres capaces de lo mejor y de lo peor, seres con una barrera rota que les hace balancearse hacia el horror o lo hermoso. Y hacia la hermosura del horror, y hacia el horror de la hermosura.
0 comentarios